Por Cristina Fernández Pereda
Decía Napoleón que “las ballestas sirven para todo menos para sentarse en ellas”. Los ejércitos pueden conquistar la paz, pero no mantenerla. Durante el pasado siglo, los cuerpos de policía estaban organizados localmente. Las funciones externas y las tareas de defensa del país eran desarrolladas por los ejércitos.
A lo largo del siglo XX se desarrollaron el comercio mundial y los proyectos imperialistas. También crecieron las intervenciones extranjeras para corregir los posibles desajustes entre países. Son los mismos años en los que se fue configurando la “comunidad internacional”.
Este nuevo concepto incluye a la Unión Europea, Canadá, Estados Unidos y Japón. Se trata de una clasificación difusa que, según las circunstancias, también comprende las potencias regionales que quieran prestarle respaldo. Cuando este grupo de países quiso establecer algún orden, puso en marcha el mecanismo de la policía internacional. Y todavía no hay ningún organismo ante el que tenga que responder.
Hasta 1999, el correctivo sólo lo aplicaba un organismo regional o la ONU. Este año la OTAN asumió el control policial en una zona ajena: la República Federal de Yugoslavia. Este comienzo de siglo se va a proyectar en el futuro.
Este contexto permite augurar un aumento de las intervenciones de la “comunidad internacional” en asuntos internos de otros países. El nuevo mecanismo de control puede ampararse en la protección de los derechos humanos. O para impedir que se tambalee un sistema económico cada vez más integrado. Y más sensible.
Las grandes potencias tienen previsiones que en muchos casos se contradicen. Desde la postura más optimista que augura el triunfo de la democracia occidental y el libre comercio en sustitución de la guerra, hasta la más pesimista que prevé una zona del mundo próspera y en paz, y otra en la que reinarían el caos y la pobreza. La función de la policía internacional sería impedir que la inestabilidad de una zona afectara a la otra. Los grandes no podrían permitirse que sus logros quedaran empañados por el atraso de otros.
Estados Unidos planteó en 1999 cuatro posibles escenarios para el futuro internacional. El triunfo de la democracia occidental, la desaparición de las identidades en una “globalización triunfante”, el enfrentamiento militar entre potencias para defender sus intereses, o el caos absoluto. Este último, causado por desastres naturales o económicos, y por migraciones masivas.
En cualquier caso, Estados Unidos considera la necesidad de un mecanismo internacional que defienda sus intereses. Entre sus objetivos exteriores para el futuro está la defensa de su territorio, ciudadanos y propiedades; estabilidad económica y social, ampliar su sistema de intercambio y comercio; y promover el respeto de los valores estadounidenses.
Los enemigos del siglo XIX eran un país, una región, una ideología que amenazara el poder. Hoy los objetivos son cada vez más ambiciosos y es fácil encontrar más de un enemigo. Para lograr sus metas, Estados Unidos tendrá que contar con la fuerza suficiente como para evitar desviaciones. Y muchas de ellas deberán ser corregidas o prevenidas por un modelo de policía global. Las grandes potencias tendrán que crear nuevas reglas para un juego que se les ha quedado pequeño.
De momento, ya se han definido los nuevos delitos a escala global y se ha creado un archivo de sospechosos habituales. Países como Siria, Irán o Iraq, se encuentran en ella. Son los mismos que soportan sanciones económicas o políticas de Estados Unidos. Las tareas de la policía mundial podrán realizarse a petición de los gobiernos, pero también en contra de las autoridades con jurisdicción en la zona. Y puede que un delito no sea reprimido de la misma forma en un país amigo que en uno sospechoso.
Una vez que la ONU ha sido desautorizada, ya no queda ningún organismo que legitime un marco jurídico y regule las acciones de la policía internacional. La nueva forma de control tampoco tiene reglas internas. No se sabe quién juzgará sus acciones y establecerá qué objetivos son justos y cuáles no. El representante de la “comunidad internacional” será el que tenga los medios más poderosos para poner a la policía global a su servicio.
La obsesión por la seguridad hace más lógica una policía internacional que un acceso igualitario a la educación o la sanidad. Los nuevos intereses no consisten en extender el desarrollo. Los grandes no quieren compartir sus logros. Quieren protegerlos. Antes que igualar entre países los títulos académicos, prefieren compartir los datos de sus habitantes.




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