En mi pecho

Cuando la gente aprende que vives lejos de casa, de donde naciste, su primera reacción siempre es preguntarte qué echas más de menos y qué haces cuando añoras a tu familia, tu gente.

Nadie pregunta si echas de menos los colores de tu ciudad, la vida en las calles o lo que solías pensar caminando por ellas.

Hoy aterricé en este vídeo que no veía desde hace muchos muchos años. Es el único poema que puedo recitar de memoria y lo sé desde niña. Lo sigo recintando, lo sigo pensando, pero hoy esas palabras me sonaron extranjeras, como otras veces lo hicieron las que escucho aquí.

Wireless reading

Lectures on a plane

Nadie pregunta si echas de menos que todo tenga sentido. Que los mensajes que te envía la gente con su rostro, cómo mueve las manos o su forma de responder el teléfono nunca te extrañen. Que todo sea familiar.

El poema me recuerda una vez más que no hay mejor ni peor en esto de las normas culturales. Que nadie tiene el secreto para ser feliz. Que lo que funciona aquí, no funciona en España. Que un americano se sube por las paredes en España con nuestro ritmo relajado y a nosotros nos saca de quicio su obsesión por controlar el tiempo.

Cuando ya se me había olvidado esto, mi madre me recordó que aquí los vuelos salen a las 5.37, no 5.35. Que los descansos en la escuela a veces duran 13 minutos, ni diez ni quince. Trece.

Y entonces vuelves a escuchar una canción que era tuya y las palabras te suenan en otro idioma. Como si tuvieras que descifrarlas con el mismo cuidado que fueron escritas.

En mi pecho, corazón,
late libre, sin temor.
Déjame ser verso de amor,
la devoción de un amigo.
Mucho tiempo sombra fuí,
en mi mismo me perdí.
De tí aprendí a ser la mano que da
sin recibir,
generosa y leal.

¿Qué es la vida? absurdo trajín.
Dame alma, calor.
Ser tan limpios como la nieve que cae.
Todo tiene quien todo da.

Nada espero, nada sé,
nada tengo, sólo fe.
Y donde estemos, saber estar;
aunque sea ingenuo, no codiciar.
Nunca ceder ante la adversidad.
Quiero tener la alegría
del que está en paz.
Mis cadenas he de romper;
fuera penas, amargas como la hiel
El Último de la Fila

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