Y así sin darme cuenta han pasado dos años desde que llegué a Washington DC.
Venía con la idea de leer mi nombre en algún periódico, algún día, quizás como corresponsal desde aquí. Quizás. Y nada más empezar, el primer día del master me recomendaron que me olvidara de periodismo impreso o audiovisual, que por mi propio bien me preparara para escribir en cualquier parte, sobre todo en internet, que tenía que saber cómo grabar y editar vídeo, cómo hacer y editar fotos, como grabar y cortar audio, y empezar a distinguir los elementos que pueden acompañar al texto.
Aprender que cada historia es un mundo y que una noticia a lo mejor funciona con una foto pero no con veinte ni con un clip de audio. Y haciendo equilibrios entre lo que escribía y la cámara de fotos siempre conmigo, aprendí también que Facebook no sirve sólo para mantenerte en contacto con la gente, que la alergia que me dio Twitter al principio la tengo más que olvidada y que puede que haya superado ya las famosas 46 fases después de acabar colándome en su sede.
Me recomendaron que empezara un blog. Que sería la mejor plataforma desde la que buscar trabajo en el futuro. Aquí no sólo te cotillean en Facebook o Google cuando quieren contratarte, también quieren que tengas un portfolio o curriculum digital, con links a todas partes donde esté tu firma. Y en ese primer post compartí la ilusión de escribir en papel o en digital, one way or another, inspirada por esta maravillosa señal de tráfico al lado de casa.
Llegué cuando Craigslist todavía era el culpable de la pérdida de ingresos de los medios, ahora Google es el enemigo. Tan enemigo que ha llegado a enfadarse y pedir a los dueños de los medios, que si tan poco gusta, que no le dejen indexar las noticias. Llegué cuando escribir para internet era una asignatura aparte de las demás y salí de la última clase cuando muchos medios aquí agonizaban para juntar las redacciones digital e impresa, cuando el periódico empezaba a imprimir reclamos al final de una noticia para que el lector continuara leyendo en internet.
Y en medio de todo esto, presencié una carrera electoral histórica, pasé por El Pais y por el Washington Post, escribí dos piezas para ellos, aprendí lo que significa organizar la cobertura de unas olimpiadas en un gran medio y, de rebote, me convertí en corresponsal.
No me puedo quejar. Ahora pienso en nuevos modelos para los medios mientras duermo, busco en google entre sueños e imagino cómo será la portada de un periódico dentro de un año. Cuando quizás todo haya cambiado. Cuando vine no sabía que encontraría todo esto ni que la profesión que elegí casi desde que aprendí a leer cambiaría tanto y tan rápido. Pero es un lujo ser testigo de este cambio justo en el medio de tanta transformación.





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