Recuerdo conversaciones en Soitu, ante el lanzamiento de Utoi, sobre la necesidad o no de crear un hilo de conversación en el que sólo escribieran mujeres. Éramos mayoría en la redacción y había suficientes firmas para mantener el tema activo con reacciones de todo tipo ante la actualidad. No se trataba de hablar de “cosas de mujeres” ni pintar las noticias de rosa, simplemente queríamos registrar una voz como otra cualquiera. Entre las dudas, una pregunta importante. ¿De verdad hace falta separar una voz para las mujeres? En Soitu nadie presumió de esa mayoría femenina y quizás la fórmula era seguir así, anclados en la modestia.
Slate lanzó hace seis meses su blog Factor XX como una publicación independiente. Seis meses que ha tardado en reincorporarlo al dominio slate.com como una sección más. Blogher, la comunidad de blogs liderada por Lisa Stone, es la cuarta más grande de Estados Unidos.
Las mujeres no necesitamos una plataforma como Blogher, la sección de Slate ni el hilo de conversación en Utoi que no fue. Podemos decir lo que pensamos y como lo pensamos. Pero digámoslo más veces para que nadie diga nada por nosotras. Llevo dos semanas negándome a escribir sobre el ídolo caído del golf pero…
¿A nadie más le chirría leer que “Tiger Woods no limitaba sus hazañas al césped de los mejores campos del mundo”? Casi he perdido la esperanza de que alguna locutora se niegue a enseñar las tetas para contarme las noticias, pero alguna editora debería negarse a sacar textos que poco a poco nos condenan al pensamiento rancio que todavía hace de las mujeres un trofeo. Que dé sentido a colgar a una tía en bolas en la última página del diario deportivo.
¿Para quién? ¿Para el lector o el periodista?
Un verano de prácticas en una radio de Madrid, pasé por la sección de deportes. Me encontré a cuatro reporteros embobados con la última rubia que una cadena de televisión había plantado en la banda para decirnos que el árbitro añadirá dos minutos de tiempo extra. No le diría a la rubia que rechazase el puesto, como Vanesa Saez no dejó de ser la chica del tiempo a pesar de los chistes gastados de “Los Manolos”. Le diría al jefe de la rubia que sus empleados no están ahí para vacilar a nadie en directo. Pero quizás esté ocupado contando las incorregibles patadas al lenguaje disfrazadas de metáforas.
Años después, resulta que Woods es tan humano como el que se distrajo con la rubia que canta los cambios. Para comprenderlo, Carlos Arribas reclama (en su pieza de El País de ayer) que “en alguna obra perdida de Freud habrá un estudio sobre el carácter fálico del palo de golf, sobre la fácil analogía sexual del deporte que consiste en embocar una bola en un agujerito. Si no lo hay, debería haberlo”.
Un artículo después, John Carlin le aconseja a Woods, que no hubiera elegido ese papel de chico perfecto, que hubiera mantenido su integridad como lo hizo Ronaldinho, que así “se hubiera evitado la colosal vergüenza que sufre hoy”. ¿Vergüenza de qué? ¿De ser humano? ¿De haberse equivocado?
O vergüenza de no habernos hecho entender que el ídolo lo creamos nosotros, y no él.
No nos avergonzamos por encumbrar figuras que derrumbamos al instante en que nos damos cuenta que son tan frágiles como nosotros. Consumimos con el mismo hambre los triunfos y las derrotas. Y a cada paso, olvidamos el anterior. Catapultamos a Woods mientras quemábamos las polémicas de Kobe Bryant. Contamos que Nadal se hunde tras la lesión mientras citamos a Murray envidiando dichoso bajón. Reíamos las fiestas de Ronaldinho para después hundirle arrastrado por un michelín que ya quisiera el cincuentón medio español. Olvidamos que quizás eso de que le gustaba más un balón que las mujeres no era tan verdad.
El deporte, como la vida, está lleno de mentiras. Y para cínicos, nosotros. Estados Unidos, esa sociedad puritana que condena las expresiones de afecto en público y el deseo sexual con la misma intensidad con la que produce películas pornográficas, devora historias de infidelidades. Es más fácil hundir a Woods por adúltero que por dopaje. Seamos honestos. Clinton engañó como lo hizo Edwards o el menos conocido gobernador de Carolina del Sur. Todos los periodistas preguntaron antes o después por qué sus mujeres estaban a su lado en el momento de admitir la infidelidad públicamente. Muchas periodistas preguntaron a la engañada ojerosa, ¿por qué no le dejaste?
Si la mujer se queda, porque se queda. Y si se va, porque se va. Nunca contamos que si triunfa una mujer independientemente de su marido ya no escuchamos que “detrás de una buena mujer hay un gran hombre”, saltan las sospechas del “qué habrá hecho para llegar ahí” y, como se le ocurra reivindicar su fuerza y nombre, entonces no es lo suficientemente dulce (recuerden que la única vez que han visto llorar a Hillary Clinton fue antes de las primarias de New Hampshire, y las ganó). Por no hablar de los ejemplos, que nos sobran, con especulaciones sobre si una profesional, empresaria o política de prestigio es lesbiana porque “no se le conoce pareja”. ¿De verdad? Pensé que no estábamos para especulaciones.
Pero salto de periódico y leo que “los hombres públicos deben y pueden hacer lo que quieran” -hasta aquí estamos de acuerdo-, “incluso equivocarse, ejercer de cabrones o chulear a sus parejas”. Vale. Ser capullos lo hemos sido todos y todas. En un digital resulta que las amantes de Woods son leonas (no podían quedarse en tigresas) y la mujer, “engañada, furiosa y atacada de los nervios” llamó a una de ellas “como una leona que protege a su tigre (…) ha sacado las garras y ha llamado a la supuesta amante de su marido”.
¿En qué quedamos, mujeres leonas o a las que se puede chulear?
Yo sólo me pregunto si esto lo escribiría igual una mujer. Si no nos faltan voces, y firmas, para compensar esto un poco. En España el 80 por ciento de los periodistas son mujeres. La cifra da para equilibrar el mensaje más de lo que está. Pero aquí seguimos.
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A mi madre, que estaba de cumpleaños.
Tags: escándalo, medios comunicación, mujer, noticias, periodistas, sociedad, tiger woods, utoi




Gracias Cris. Todo esto me ha recordado cuando mi padre (tu abuelo) decía que las mujeres y los hombres seriamos “mas” iguales, cuando no se celebrase el día de la MUJER.
Mi pregunta es: si todo es un asunto privado (que lo es), porque sacas dos comunicados públicos pidiendo disculpas a todo el mundo? Con esto Woods está admitiendo que debe dar cuentas de su vida privada a aficionados, sponsors, medios, etc., no?
Cuando estás al lucrativo negocio de la fama, y además te construyes una imagen falsa (tipo Hamilton) de vez en cuando te toca pagar el precio.
Sólo una cosa gusta más al público que levantar un ídolo: Derribarlo.
Hipocresías varias aparte, una de las críticas más importantes que ha recibido Woods estos días es por haber reaccionado tan mal. El deportista mejor pagado del mundo debería tener un equipo de imagen capaz de reaccionar mejor que con dos notas de prensa mínimas.
Pero bueno, no es el primero ni será el último en caer.
Como dice ese artículo en el NY Times sobre la ruptura de su contrato con Accenture: “Since most consumers have no idea what a company like Accenture does, Mr. Woods became the human face of the corporation and a means to extol the corporate virtues of performance and risk-taking.” Y el risk-taking siempre tiene sus riesgos
http://www.nytimes.com/2009/12/14/business/media/14adco.html?_r=1&src=tptw
Uy, si fuera sólo la publicidad…
La revista Golf Digest tenía preparada para el mes que viene esta portada para retratar los “diez consejos que Tiger le puede dar a Obama”: http://images.mirror.co.uk/upl/m4/dec2009/8/3/golf-digest-217434100.jpg
Cristina, a lo mejor ahora puede darle 11 consejos a Obama…
El problema es que estos deportistas ganan y viven más que del deporte en si, de la publicidad. Las marcas les proyectan una imagen que deben mantener.
Pero yendo al post (genial por cierto, enhorabuena a su autora por escribir de esta forma), el problema además de la dolencia hipocríta americana, es que el deporte sigue estando dirigido al hombre, que estadísticamente es quien más lo consume y esto provoca un efecto pescadilla: se anula a la mujer en su participación periodística y por extensión al público femenino. Es grave que en cada redacción de deportes de TV siempre se contrate a una cara guapa para pisar el campo, y que los narradores sean 100% hombres. El día que haya un “Manolo Lama” mujer (y repito que no me vale por ejemplo que Susana Guasch, una gran profesional, esté relegada siempre al cesped y que jamás le den una oportunidad de subir a cabina).
Yo soy igualista, ni machista ni feminista: igualista, y aún hay muchas cosas que cambiar, sobre todo en determinados ámbitos…
Gracias David por el comentario. Me acabo de hacer fija a tu blog.
Debemos reconocer que hay cadenas como RTVE donde mujeres periodistas han llegado a llevar coberturas de Juegos Olímpicos, sin ser sólo un rostro al otro lado de la cámara. Pero nos hacen falta más.
Y me gusta el término igualista. Nos hace falta mucho de eso.
me gusto mucho tu nota
saludos
danielk
Muy interesante Cristina. Totalmente de acuerdo en que el 80% de los periodistas son mujeres.. ¿pero cual es el porcentaje real de las que llegan a cargos de poder? ¿cuantas Editoras jefes, subdirectoras o directoras? Si eso no cambia, siempre estaremos condenados a escuchar el mismo punto de vista.