Se me olvidó la siesta. Welcome to America…
Cuando alguien se entera de que no eres de esta ciudad te pregunta si echas de menos tu casa, tu gente, la comida, el sol… Echo de menos el significado de las cosas.
Aterrizo en Estados Unidos y lo primero que choca en mi mente es el sonido de las voces. El énfasis en cada palabra, cada vocal. Acostumbrada al español de los días anteriores, escucho los tonos de voz y los gestos, el volumen; no escucho la conversación, no me entero. Me atasco en la diferencia.
Pasan unos días, siento las frases y expresiones, la gravedad con la que se dice todo en esta ciudad, los formalismos, las frases hechas. En Washington a veces te asfixia la sensación de que no basta con saber inglés. Es como plantarte con acento de Londres en medio del Bronx. Pero tienes acento de Washington y aún así chirría en las esquinas de tu cerebro.
“Let me walk you through this”
“He went over the top”
“I’ll be more than happy to help you do that”
“Bear with me for a moment”
“I’ll be right with you in a minute”
Todo se puede decir de forma más sencilla. Sin que parezca que te va la vida en ello. Todo puede sonar más relajado. Menos en Washington, donde tu compromiso con todo lo que haces, aunque sea sentarte al sol en un banco, debe ser lo más entregado que hagas. Para que esté claro que estás relajado, una tarde de domingo, y quieres leer en el parque, tiene que ser domingo, debes llevar tu ropa más cómoda y sentarte en el banco a leer. Sin levantar la vista, sin disfrutar de los viandantes.
Explicarle esto a cualquiera que no haya vivido fuera o que no conozca esta ciudad puede ser en vano. Pero si alguien se reconoce en estas palabras, sabrá que a veces pasear por la ciudad donde llevas casi tres años se convierte en una sucesión de pellizcos. Recuerdos de que no eres de aquí.
Nadie te lo ha gritado a la cara. Nadie te mira como si llevaras escrito en la frente que vienes de fuera. Estás en una de las ciudades más internacionales de este país. Si la gente va a su rollo en algún sitio, es aquí. Pero les escuchas hablar y te das cuenta de que la escuela de inglés te enseñó el idioma, pero no el código social.
Recuerdas que te dijeron que hay gente que sufre este choque cultural nada más llegar. Y hay otros que tardan meses, quizás más de un año. No sé cuánto tiempo tardé. Sólo sé que a veces intento acordarme de cosas que hacía en Madrid, del porqué, y sueno como una extraterrestre en mi propio idioma. Sólo sé que muchas veces escucho a gente decir que “cada vez nos parecemos más a la cultura americana” y no hay nada más lejos de la realidad. Hemos adoptado muchos de sus comportamientos, muchas de sus costumbres, pero esto es sólo una parte de la cultura. La más manifiesta, sí, pero sólo una parte.
Entre el porqué de las cosas que hacía en Madrid, por ejemplo, está el disfrute del descanso. Por disfrutarlo, por descansar. Aquí el descanso se programa. Es un extra, una recompensa. Algo que debe ganarse. Y en este vocabulario de extras, recompensas, ganar, lograr, merecer, trabajar, competir, ganar, mejorar, crecer… está escondido el código.
Busca los parecidos entre todas estas palabras y entenderás por qué me olvidé de la siesta.
El descanso.
El porque sí.
El me apetece.








Leave your response!