Una linea separa los dos Washington en el cruce de la calle 14 con la I. Puede que sea una de las más ruidosas de toda la ciudad. La línea que separa el césped de la acera también divide el Washington de las Blackberrys, trajes y ejecutivos en taxi, de los sin techo que pueblan el parque. Siempre me acerco a la parada y sé que los minutos que pase allí de pie (el lugar apesta a orín, sea la hora que sea) serán un espectáculo. La semana pasada un señor nos preguntaba a todos los presentes por qué su teléfono daba por terminadas las llamadas cuando quería, no cuando él colgaba. Le dije que lo más práctico sería acercarse a una tienda y preguntar. Me miró como a una extraterrestre porque todos los pasajeros anteriores se empeñaron en hacer una llamada, como si quisieran comprobar que decía la verdad. Hoy había tres. Una mujer, dos hombres. Cualquiera diría que conversaban a viva voz al otro lado de la canción de Ismael Serrano que brillaba en mis cascos. Cualquiera diría que se conocían. Discutían por qué había tres autobuses parados a una manzana, mientras los conductores descansaban, con la parada llena de gente. “Todos queremos llegar a casa”. O no. Porque los tres no se conocían de nada, hablaban todos a la vez pensando que estaban en una conversación. O no. Porque cuando se fue cada uno de ellos, los que quedaban seguían hablando. Esta vez ya sin audiencia. No son sin techo. No han perdido la cabeza como el vagabundo que arrastra bolsas de plástico conteniendo quién sabe qué. Sin camiseta, con los calzoncillos de Fruit of the Loom por encima del ombligo y una colección de gorros de lana en la cabeza que le hacen tambalearse. Como un bebé que acaba de aprender a caminar. Rojo, Naranja, Amarillo, Azul. Y el pelo blanco que sobresale. La sonrisa bajo los ojos achinados. Quizás sea él el que mejor entiende la línea que separa esas dos ciudades. La línea ficticia que hace que los transeúntes, al otro lado del parque, se aparten de él. Dentro del parque, es el rey.




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