No le faltan turistas ni consumidores hambrientos por caminar en medio de Times Square.
No le faltan hippies en Brooklyn ni estudiantes en Washington Square.
Le sobran ojeras, y no precisamente de fiesta.
Le sobran la crisis y los cupones de comida.
Con ellos sobreviven uno de cada cinco neoyorquinos. Eso grita un autobús.
Me escapo a Nueva York cada pocos meses y la inyección de vida en sus calles, comparado con la burocrática Washington, se apaga cada vez más. Siguen las luces, el sol de mentira entre los rascacielos y las huidas por las aceras. Pero la cruel jungla de Manhattan oscurece con los meses. El sueño se detiene, el viento gélido corta las calles. Parece que, por una vez, la cuidad sí que duerme.
Dicen que este año apenas ha llegado nieve al norte del país y en estados como Vermont se quejan de que el invierno blanco se ha quedado en DC. Esta noche llega más nieve, mientras el ruido de sirenas de policía y ambulancia ha dejado paso al gimoteo de los motores de coches y camiones, atrapados entre hielo y nieve a medio deshacer.
Haití no es Nueva Orleáns después del Huracán Katrina. Haití no pertenece a Estados Unidos. Pero la respuesta norteamericana a las consecuencias del terremoto bien podría equipararse a la que daría el gobierno de Obama ante cualquier catástrofe dentro de su territorio. O la que muchos exigieron a Bush tras el paso del huracán en 2005. Desde la donación inmediata de 100 millones de dólares a las promesas casi diarias de que Estados Unidos no abandonará a Haití una vez terminadas las labores de rescate y emergencia, Obama parece mirar a Haití como un estado más. Y los medios americanos así lo contaron: “Haití, en todos los sentidos, se convirtió en el estado número 51 el martes a las 4.53h de la tarde con el terremoto”, publicaba la revista Time bajo el título El ejército americano en Haití: Una invasión compasiva.
Una semana antes de que la tierra sacudiera Haití, Hillary Clinton comparecía en Washington para hablar sobre USAID, la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos. USAID es una agencia con el orgullo herido, atrapada entre la falta de fondos para ayudas y acusaciones de que las últimas respuestas en el tsunami de 2004 y los terremotos en China en 2008 no fueron suficientes. Una semana antes de la catástrofe, la Secretaria de Estado norteamericana anunciaba reformas en USAID para convertirla en un ejemplo a nivel internacional.
Pero el despliegue de ayuda no se ha visto con los mismos ojos dentro y fuera de Estados Unidos. Para los americanos, empujados por el lenguaje de los medios de comunicación, el ejército y los marines han dejado de imponer su imagen más dura para dedicarse a entregar agua y comida. Aunque vayan armados. En el extranjero, sobran las preguntas sobre por qué hacían falta 10.000 efectivos del ejército, un buque y la guardia costera mientras Haití clamaba por personal sanitario y medicamentos.
Algunos editoriales defendieron que el terremoto en Haití no pone tanto a prueba a Estados Unidos como a Obama. Es la oportunidad de cumplir otra de sus promesas: que no dejarán sólo a ningún país o pueblo necesitado. Y de rebote, la posibilidad de mejorar la imagen de Estados Unidos en el extranjero. Pero Obama respondió igual que Bush durante Katrina. Cuando el estadio de Nueva Orleáns quedaba atestado de desplazados por el huracán a finales de Agosto de 2005 y los servicios de emergencia de Louisiana fallaron, Bush envió al personal de Blackwater, la agencia privada de seguridad que después manchó su nombre en Irak.
El diario Los Ángeles Times ha descrito el despliegue de medios de comunicación en Puerto Príncipe como el mayor desde el tsunami en Asia en 2004. Y parecieron trabajar al unísono. Mientras las televisiones estadounidenses mostraban imágenes de haitianos arañando el cemento para rescatar a familiares, los titulares dictaban la preocupación sobre la seguridad. A ningún locutor le chirriaba ese rótulo hablando del peligro en las calles de Puerto Príncipe, cuando su voz acompañaba escenas de heridos, desplazados, huérfanos y haitianos solidarios con desconocidos bajo los escombros. Las cámaras de la CNN tardaron varios días en encontrar escenas de gente en busca de comida entre los cascotes de los supermercados. Para entonces, la llegada de miles de marines parecía obedecer el dictado de los titulares: “La seguridad se convierte en la preocupación número uno”.
Un artículo de la revista online Slate titulado “Por qué Estados Unidos se centró en la seguridad en vez de ayudar a los haitianos” concluía la semana pasada que cualquier respuesta a esta pregunta es negativa para los americanos. O bien Estados Unidos tiene intereses en el país caribeño que sólo el tiempo va a revelar, “o no importa de qué color sea nuestro presidente. Incluso cuando esté haciendo las cosas bien, el gobierno americano puede ser racista y, aún en una operación civil y puramente burocrática, salvajemente cruel”.
Los rostros de los haitianos pidiendo ayuda han recordado a muchos a las víctimas afroamericanas de Katrina. Los mismos que se quejaron por el lenguaje utilizado en función del color de las víctimas del huracán Katrina -el adjetivo de saqueador siempre acompañaba a los afroamericanos, los blancos eran víctimas-, se preguntan estos días por qué después del tsunami en Asia o el terremoto en China los titulares no nombraron problemas de seguridad.
Las televisiones norteamericanas se dieron prisa por retratar a los marines como guardianes de la ayuda. Para apoyar esta teoría, todos los días llegaban imágenes del mismo rincón comercial de la ciudad. Grupos de haitianos escalando entre los escombros para conseguir cualquier cosa. Comida o una caja de cartón. Algo que pudieran vender. Los reporteros norteamericanos a veces tuvieron suerte y hasta encontraban imágenes de la policía intentando hacerse con el control. La estrella de la CNN Anderson Cooper (en sus peores cifras de audiencia antes de aterrizar en Puerto Príncipe) se topa con un adolescente desorientado. Le acaba de caer una pedrada en la cabeza. La imagen de Cooper llevando al joven ensangrentado hasta otra esquina alimenta el horario de la CNN durante toda la tarde.
En España Francisco Perejil nos contaba que para encontrar escenas como esta, bastaba con ir al mismo cruce de calles donde antes estaba la actividad comercial. En Estados Unidos nadie confesó que repetían localización a diario.
Las imágenes de Haití llegaban con los nombres y apellidos que los norteamericanos nunca ponen a sus víctimas nacionales. Sean soldados o civiles, sus heridas nunca llegan a la pantalla de televisión ni a las páginas de un periódico. Las de los haitianos aparecían después de dos mensajes. Uno, la advertencia de que podían herir la sensibilidad de algunos televidentes. Y dos, que los medios se veían obligados a mostrarlas porque “esa es la realidad ahora mismo”. Si los norteamericanos necesitaban ver el terremoto en directo desde dentro de un orfanato, esos 15 segundos de gritos en la oscuridad, o si de verdad hacía falta poner el micrófono del reportero de la CNN entre los escombros para escuchar a las víctimas pidiendo ayuda, no lo sabemos.
Este fin de semana los defensores del lector del New York Times y Washington Post dedicaron una columna a justificar el uso de estas imágenes. Para el Times, “resultó duro mirar algunas imágenes de sufrimiento y muerte, pero era imposible no publicarlas”. En el Washington Post, sin embargo, reconocen que los lectores esperaban ese tipo de imágenes, “pero no estaban preparados para ver durante días una representación tan gráfica de la muerte”.
Puede que sin esas imágenes no hubieran llegado millones de dólares a través de mensajes de texto. Aunque, seguramente, sin cada uno de esos fotogramas dedicado a una víctima el argumento de que el ejército estaba allí para ayudar no sería sostenible.
Rebecca Solnit, autora del libro “Un Paraíso Construido en el Infierno” sobre Nueva Orléans después de Katrina, estudia la reacción de las autoridades en catástrofes naturales. Según Solnit, desde el terremoto de San Francisco en 1906 las autoridades y las leyes que les amparan están más preocupados por la propiedad que por las vidas humanas. “En casos de emergencia”, escribe Solnit, “la gente puede y de hecho acaba muriendo por esas prioridades. O son disparados por pequeños robos o por robos imaginarios. Los medios no sólo empujan estos resultados sino que casi de forma repetitiva prepara el camino para que se dé esta reacción”.
Con ayuda de los medios o no, Estados Unidos ha conseguido crear una imagen de salvador en Haití. Sólo los marines podían garantizar la entrega de ayuda, por eso la custodiaron en el aeropuerto de la capital durante días, mientras las organizaciones internacionales en el terreno se quedaban sin palabras para explicar que necesitaban la entrada de personal sanitario y medicamentos. Sólo los marines podían garantizar la seguridad de aquellos que entregarían las botellas de agua y raciones de comida. Por eso esperaron los haitianos.
En casa, Obama ha vendido el mejor ejemplo de su prometida diplomacia humanitaria, la de la compasión y el diálogo. La compasión llegó en forma de dólares, buques y soldados. El diálogo aterrizó con Hillary Clinton, quien se sentó junto a René Préval, presidente de Haití. No hubo imágenes de Clinton sobrevolando la zona de la catástrofe en helicóptero. Llegó, escuchó y se marchó.
En el terreno, quedan los marines sin fecha de regreso.
Huffington Post estrenaba año con el liderazgo de su dueña Arianna Huffington y una de sus resoluciones para 2010: retirar el dinero de los grandes bancos. Diez días después, el experimento es una cadena de historias, comentarios y reacciones que muestran cómo la ira de los norteamericanos ante los favores a Wall Street se desató hace mucho tiempo. No ahora que llega la segunda ronda de préstamos del gobierno.
La campaña “Move Your Money” (Mueve Tu Dinero) consiste en retirar el dinero de grandes bancos e ingresarlo en otros más pequeños y locales. Los grandes tuvieron hace un año una inyección de dinero de 700 mil millones de dólares, procedentes de la recaudación de impuestos de los americanos. Durante este tiempo, no sólo han recortado los préstamos sino que han batido récords de beneficios a pesar de la crisis. Los bancos más pequeños, por su parte, pertenecen a localidades más pequeñas y a cooperativas de propietarios, por lo que su salud financiera tiene un mayor impacto en las comunidades.
En la presentación del proyecto, Huffington explica cómo está inspirado en la película “Qué Bello Es Vivir” (It’s a Wonderful Life, Frank Capra, 1946), en la que el dueño de un pequeño banco (interpretado por James Stewart) lucha contra el gran banquero. En 2010, los ciudadanos que ya se han sumado a la iniciativa quieren dar una bofetada a los bancos que han cortado el grifo de los préstamos y que no han hecho más que aumentar las comisiones por uso de las tarjetas de crédito o registro de cuentas.
Es pronto para saber el impacto de esta campaña. En su contra están desde las dificultades que ponen los bancos a los clientes cuando estos quieren retirar el dinero hasta la pobre situación económica de los que más puede apoyar este movimiento. Pero el cansancio de los americanos no es algo que acabe de empezar precisamente, y la invitación de Arianna Huffington puede ser el último empujón que necesitaban para tomar la iniciativa. Por darles ideas, les ha dado hasta una base de datos para localizar los bancos que tienen más cerca y que mejor funcionan durante la crisis.
2010 es año de censo en Estados Unidos. Censo analógico y digital, porque para evitar errores catastróficos de otros años, el censo ya está en Facebook, Twitter y You Tube. El gobierno quiere encontrar a sus 300 millones de ciudadanos y evitar que una gran proporción se quede fuera de las listas, como ocurrió en el último recuento hace 10 años. Las implicaciones son graves. En España el censo nos suena (ente otras cosas) a las listas electorales; en Estados Unidos también tiene connotaciones económicas.
El censo de EEUU ya está en Facebook, Twitter, You Tube...
En el extranjero el Huracán Katrina fue la sorpresa de cómo el país más rico del mundo sucumbía a una tormenta que apenas dejó heridos a su paso por Cuba. Cómo la primera potencia era incapaz de evacuar y ayudar a sus ciudadanos. Cómo fueron incapaces de retener el agua tras esos diques de papel. La primera explicación que se nos ocurrió a muchos fue que claro, el ejército estaba en Irak y Afganistán. No quedaba nadie para ayudar. Después vimos en televisión que la mayoría de los afectados eran afroamericanos y nos preguntamos si Estados Unidos seguía discriminando entre sus ciudadanos.
En Estados Unidos Katrina es muchas historias de supervivencia, surrealismo y un drama que se ha extendido con la migración de muchos ciudadanos de Nueva Orleans que ahora viven repartidos por todo el país. Entre los dramas de Katrina está la falta de conocimiento, por parte del gobierno, de cuántos habitantes y de qué nacionalidades vivían en Nueva Orleans y alrededores. Los avisos de emergencia, las órdenes de las autoridades, señales de rescate… todo llegaba en inglés. Pero la capital de Louisiana también habla vietnamita, español, creole o francés. Y en una proporción más grande de la esperada por el gobierno: había que evacuar a más personas de las estimadas por cualquier cálculo. Los recursos para los servicios de emergencia venían del equivocado cálculo del censo del año 2000. A pesar de que casi un tercio de la población vivía por debajo del umbral de la pobreza y sin ningún medio de transporte propio, la evacuación por tierra no llegó. No había recursos.
Los datos de 2010 servirán para saber qué estados necesitan mayor porción de la tarta de recaudaciones anuales -unos 300.000 dólares-, dónde hay más inmigrantes, de dónde vienen (muchos hispanos han cambiado el sur por Alaska en esta década), dónde hay que enviar más médicos bilingües y traductores o qué colegios necesitan más profesores para apoyar en tutorías de inglés. Y así evitar desastres anteriores. Aunque puede que los métodos elegidos no sean los adecuados. Para acercarse a los “incontables” el Censo ha decidido volcar muestras de formularios documentos, explicaciones y guías en Facebook. Dicen los responsables que los ciudadanos a veces confían más en sus comunidades que en el gobierno y que las redes sociales ayudarán con esto. Pero son precisamente los “incontables” los que menos acceden a la red, los que menos disfrutan de una conexión a internet en casa (prefieren el teléfono móvil) y los que navegan la burocracia con menor manejo del inglés.
Es cierto, las redes sociales puede terminar con el pánico que muchos ciudadanos, sobre todo inmigrantes, sienten al recibir una carta o una visita de un empleado del censo. Los últimos datos dicen que los grupos étnicos y los menores de 20 años son las poblaciones que más crecen en Facebook. Pero todavía no alcanzan los datos de participación de otros grupos. Puede que los “incontables” sean todavía más difíciles de encontrar en el mar de las redes sociales.
Recuerdo conversaciones en Soitu, ante el lanzamiento de Utoi, sobre la necesidad o no de crear un hilo de conversación en el que sólo escribieran mujeres. Éramos mayoría en la redacción y había suficientes firmas para mantener el tema activo con reacciones de todo tipo ante la actualidad. No se trataba de hablar de “cosas de mujeres” ni pintar las noticias de rosa, simplemente queríamos registrar una voz como otra cualquiera. Entre las dudas, una pregunta importante. ¿De verdad hace falta separar una voz para las mujeres? En Soitu nadie presumió de esa mayoría femenina y quizás la fórmula era seguir así, anclados en la modestia.
Cartel para baños - niallkennedy en Flickr
Slate lanzó hace seis meses su blog Factor XX como una publicación independiente. Seis meses que ha tardado en reincorporarlo al dominio slate.com como una sección más. Blogher, la comunidad de blogs liderada por Lisa Stone, es la cuarta más grande de Estados Unidos.
Las mujeres no necesitamos una plataforma como Blogher, la sección de Slate ni el hilo de conversación en Utoi que no fue. Podemos decir lo que pensamos y como lo pensamos. Pero digámoslo más veces para que nadie diga nada por nosotras. Llevo dos semanas negándome a escribir sobre el ídolo caído del golf pero…
¿A nadie más le chirría leer que “Tiger Woods no limitaba sus hazañas al césped de los mejores campos del mundo”? Casi he perdido la esperanza de que alguna locutora se niegue a enseñar las tetas para contarme las noticias, pero alguna editora debería negarse a sacar textos que poco a poco nos condenan al pensamiento rancio que todavía hace de las mujeres un trofeo. Que dé sentido a colgar a una tía en bolas en la última página del diario deportivo.
¿Para quién? ¿Para el lector o el periodista?
Un verano de prácticas en una radio de Madrid, pasé por la sección de deportes. Me encontré a cuatro reporteros embobados con la última rubia que una cadena de televisión había plantado en la banda para decirnos que el árbitro añadirá dos minutos de tiempo extra. No le diría a la rubia que rechazase el puesto, como Vanesa Saez no dejó de ser la chica del tiempo a pesar de los chistes gastados de “Los Manolos”. Le diría al jefe de la rubia que sus empleados no están ahí para vacilar a nadie en directo. Pero quizás esté ocupado contando las incorregibles patadas al lenguaje disfrazadas de metáforas.
Años después, resulta que Woods es tan humano como el que se distrajo con la rubia que canta los cambios. Para comprenderlo, Carlos Arribas reclama (en su pieza de El País de ayer) que “en alguna obra perdida de Freud habrá un estudio sobre el carácter fálico del palo de golf, sobre la fácil analogía sexual del deporte que consiste en embocar una bola en un agujerito. Si no lo hay, debería haberlo”.
Un artículo después, John Carlin le aconseja a Woods, que no hubiera elegido ese papel de chico perfecto, que hubiera mantenido su integridad como lo hizo Ronaldinho, que así “se hubiera evitado la colosal vergüenza que sufre hoy”. ¿Vergüenza de qué? ¿De ser humano? ¿De haberse equivocado?
O vergüenza de no habernos hecho entender que el ídolo lo creamos nosotros, y no él.
No nos avergonzamos por encumbrar figuras que derrumbamos al instante en que nos damos cuenta que son tan frágiles como nosotros. Consumimos con el mismo hambre los triunfos y las derrotas. Y a cada paso, olvidamos el anterior. Catapultamos a Woods mientras quemábamos las polémicas de Kobe Bryant. Contamos que Nadal se hunde tras la lesión mientras citamos a Murray envidiando dichoso bajón. Reíamos las fiestas de Ronaldinho para después hundirle arrastrado por un michelín que ya quisiera el cincuentón medio español. Olvidamos que quizás eso de que le gustaba más un balón que las mujeres no era tan verdad.
El deporte, como la vida, está lleno de mentiras. Y para cínicos, nosotros. Estados Unidos, esa sociedad puritana que condena las expresiones de afecto en público y el deseo sexual con la misma intensidad con la que produce películas pornográficas, devora historias de infidelidades. Es más fácil hundir a Woods por adúltero que por dopaje. Seamos honestos. Clinton engañó como lo hizo Edwards o el menos conocido gobernador de Carolina del Sur. Todos los periodistas preguntaron antes o después por qué sus mujeres estaban a su lado en el momento de admitir la infidelidad públicamente. Muchas periodistas preguntaron a la engañada ojerosa, ¿por qué no le dejaste?
Si la mujer se queda, porque se queda. Y si se va, porque se va. Nunca contamos que si triunfa una mujer independientemente de su marido ya no escuchamos que “detrás de una buena mujer hay un gran hombre”, saltan las sospechas del “qué habrá hecho para llegar ahí” y, como se le ocurra reivindicar su fuerza y nombre, entonces no es lo suficientemente dulce (recuerden que la única vez que han visto llorar a Hillary Clinton fue antes de las primarias de New Hampshire, y las ganó). Por no hablar de los ejemplos, que nos sobran, con especulaciones sobre si una profesional, empresaria o política de prestigio es lesbiana porque “no se le conoce pareja”. ¿De verdad? Pensé que no estábamos para especulaciones.
Pero salto de periódico y leo que “los hombres públicos deben y pueden hacer lo que quieran” -hasta aquí estamos de acuerdo-, “incluso equivocarse, ejercer de cabrones o chulear a sus parejas”. Vale. Ser capullos lo hemos sido todos y todas. En un digital resulta que las amantes de Woods son leonas (no podían quedarse en tigresas) y la mujer, “engañada, furiosa y atacada de los nervios” llamó a una de ellas “como una leona que protege a su tigre (…) ha sacado las garras y ha llamado a la supuesta amante de su marido”.
¿En qué quedamos, mujeres leonas o a las que se puede chulear?
Yo sólo me pregunto si esto lo escribiría igual una mujer. Si no nos faltan voces, y firmas, para compensar esto un poco. En España el 80 por ciento de los periodistas son mujeres. La cifra da para equilibrar el mensaje más de lo que está. Pero aquí seguimos.
Bill Gentile comenzó la clase mostrando su documental “Afganistán: La Guerra Olvidada”. Era hace dos años y Estados Unidos todavía no había dado un giro de Irak hacia el este, centrándose en la guerra que arrancó en 2003. La obra muestra los estragos que pasan los soldados americanos en un territorio donde el desconocimiento del idioma y la cultura puede ser tan tramposo como una mina en la carretera.
Extracto del documental de Bill Gentile en la cadena pública estadounidense PBS.
Cuando terminó el vídeo, un compañero pakistaní que había aterrizado en Nueva York una semana antes del 11 de Septiembre de 2001, levantó la mano para comentar una escena en el que un soldado intentaba enterarse de si Al Qaeda había hecho acto de presencia en un poblado al que intentaban entrar. “Ese intérprete no estaba traduciendo correctamente, no estaba diciendo la verdad, el americano no se enteraba de nada”.
El ejército necesita algo más que la diplomacia de los caramelos con las poblaciones afgana e iraquí.
Al Pentágono le faltan soldados y expertos que hablen los dialectos de Irak y Afganistán. Los soldados ignoran las peculiaridades culturales y étnicas de un país en el que cumplen con rondas de 12 a 18 meses. En la base viven rodeados de videojuegos, McDonalds, iPods y marcas “de casa”. Mientras el gobierno busca cómo reclutar suficiente personal desde Estados Unidos, la dependencia de intérpretes ha empujado más de un contingente a un callejón sin salida. Hay libros enteros dedicados a la falta de preparación de las tropas y sus consecuencias, como éste de la corresponsal para la cadena ABC Martha Raddatz, sobre la emboscada que atrapó al ya icono Casey Sheenan y otros 7 soldados en Sadr City.
El largo camino a casa, de Martha Raddatz
A falta de intérpretes y conocimiento sobre la cultura local, el ejército norteamericano confía en la ayuda de antropólogos dentro de Irak y Afganistán. Los expertos sociales les explican las peculiaridades de la cultura, esos detalles que de no conocerse pueden arruinar una negociación, y que tanto necesitan los soldados cuando intentan saber si un poblado cuenta con insurgentes de Al Qaeda o no. Pero, según informa hoy la revista Time, la Asociación Americana de Antropología (AAA) ha levantado la voz con un informe (PDF) para condenar que se utilice el trabajo de los antropólogos en estas dos guerras.
De acuerdo con la publicación norteamericana, no es un proyecto nuevo. La práctica viene desde hace varias décadas. Pero cada vez que un proyecto ha salido a la luz, el Pentágono se ha visto obligado a cancelarlo. El trabajo de los antropólogos consiste en estudiar las poblaciones locales de las que el ejército conoce poco más que su situación en el mapa y facilitar el diálogo con ellas. Pero los responsables de la AAA no tienen claro si la información compartida por los más de 500 especialistas que trabajan con el ejército es utilizada en favor de la paz o de la guerra. Es difícil saber si el ejército la utiliza para colaborar mejor con los civiles o localizar mejor sus objetivos.
Hay antropólogos a los que no gusta perder el control de toda la información que obtienen con su trabajo. Otros prefieren que el ejército no trabaje a ciegas, que es como lleva navegando por Afganistán desde la invasión. La AAA, según Time, no está en contra de ayudar al Pentágono para mejorar el conocimiento de otras culturas e idiomas entre sus filas, pero la línea entre apoyar al ejército para que se defienda mejor y colaborar en un objetivo militar cada vez es más borrosa.
Pocos detalles de la reforma sanitaria impulsada por Obama llegan a cruzar el charco. Es difícil narrar un proceso tan complejo. Incluso medios estadounidenses encuentran el debate demasiado largo y farragoso como para retener el interés de los lectores. La votación de la legislación definitiva tendrá que pasar por diferentes consultas cada vez que un demócrata o republicano propone una enmienda a la ley. El congreso logró hace unas semanas votar su propuesta final, que ahora sufre los recortes del senado.
By amayzun on Flickr
Aunque el nuevo atasco en la negociación lo acaba de provocar la Casa Blanca. Según informa Politico, existe un acuerdo con la industria farmacéutica por el que ésta obtendrá 80 mil millones de dólares por medicamentos gracias a la reforma -gracias al aumento de población asegurada. Pero una de las enmiendas introducidas en el senado esta semana pretende favorecer la importación de medicinas y que los norteamericanos puedan adquirirlas sin imposición por parte de la compañía aseguradora. Obama también apoya la importación de medicamentos pero el equilibrio para contentar a todos los implicados puede terminar con la reforma.
O puede que salga adelante y que la Casa Blanca, el senado y el congreso se pongan de acuerdo. Pero todos y cada uno de estos arreglos que se están haciendo al texto original no sólo retrasarán la votación de la nueva ley, sino su implantación. Obama declaró hace unos meses que se tardará un mínimo de dos años en que los americanos noten los cambios de verdad. En el caso de la importación de medicinas, Estados Unidos todavía tiene que mejorar tanto la legislación como los mecanismos de control para asegurarse que los medicamentos tienen la calidad adecuada, por un lado, y para que las compañías aseguradoras no impongan marcas de la casa, por otro.
Quedan un par de semanas para el receso por navidades y son ya muchas las voces que piden la aprobación antes de fin de año. Entre las prisas pueden entrar muchas enmiendas que haya que arreglar después con nueva legislación. Pero los senadores y congresistas tienen ya la vista puesta en las elecciones del año que viene, que renovaran un tercio de la cámara. No quieren estar a dos cosas a la vez, no quieren ser elegidos por su apoyo o rechazo a la reforma, necesitan tiempo para fabricar el mensaje de su próxima campaña. Hay prisa.
El título de la última película de Robert DeNiro y un síntoma de muchas familias norteamericanas.
Después de que los hijos se marchen de casa a la universidad o empezar su vida independiente, muchos encuentran casi imposible mantener una relación normal con los padres. Estas navidades, alguno de los artículos más leídos son sobre aplicaciones para teléfonos móviles que te ayuden a “sobrevivir” las fiestas. Nada de aplicaciones que te ayuden a encontrar el mejor regalo, restaurante o estilo para el árbol de navidad.
La tecnología abunda en una sociedad donde faltan los abrazos. Depende de las familias, del estado, de la casa, de cada historia. Pero después de más de dos años aquí me he acostumbrado a no ver a la gente abrazarse en la calle. Me faltan gestos de afecto. Y me sobra gente hablando por teléfono sin decir nada. Enviando mensajes a un jefe impaciente al otro lado de la pantalla. Me faltan conversaciones.
Tráiler de la película “Everybody’s Fine”
Everybody’s Fine arranca con la promesa de una autocrítica de la sociedad actual estadounidense en la que los hijos no encuentran tiempo para meterse en un avión y visitar a su padre, que acaba de enviudar. A su padre enfermo. Viven pegados a un teléfono pero no hay tiempo -y sobran las excusas- para contarle si están bien.
La palabra “fine” es la clave. No significa nada. Si contestas que estás “good”, mejor que fine, estás imponiendo cierta felicidad y optimismo al que te escucha, que no está acostumbrado a que la gente le diga que está estupendamente. Pero tampoco puedes contestar “not good”. Nunca cuentes tus problemas a un americano. No están aquí para escucharlos. Con las debidas excepciones, pero has de saber que si te preguntan por aquí “how are you?” no quiere decir que vayan a quedarse a escucharte. Es parte del saludo.
Esta semana el New York Times entrevistaba a la directora de una escuela artística. Su interés en conocer a la persona antes que al artista, antes que al alumno, centraba la pieza. Pero fue una frase, y también parte de su filosofía, la que sorprende tanto por aquí que mereció ocupar el titular: “No preguntes “¿cómo estás?” si no estás dispuesto a escuchar la respuesta.
El arranque de la película es una colección de todas las situaciones que más me sorprendieron al llegar aquí. Más allá de ir a contestar qué tal estoy cuando la otra persona ya estaba a cinco pasos. Más allá de notar que la otra persona ha perdido el interés en la conversación pasado un minuto. Es la sensación de que todos viven en permanente huida. Hacia dónde, todavía no sé. Creo que huyen de sus emociones que nunca tuvieron tiempo de explorar y mucho menos de expresar. Se perdieron buscando una nota mejor, un trabajo mejor, una carrera mejor, una casa mejor, un coche mejor… Las emociones son para las películas y las series de televisión. El cine sigue siendo ese mundo de los sueños donde los americanos pueden ser lo que siempre soñaron. Nos venden un cine realista en el que es fácil traducir a la sociedad norteamericana. Pero no vemos todos los detalles. No hasta que no llegamos aquí.
¿Se dieron cuenta de que en las comedias románticas casi nunca salen los padres? ¿Que éstos sólo aparecen si parte del argumento es “conocer” a los padres?
Porque no están, porque no cuentan.
La realidad es que aquí se vive a la velocidad con que pinchamos en el ratón para cambiar de página o cambiamos de canal de televisión. Dicen que la gente sólo lee las páginas de internet un par de minutos (y gracias) y que tienes que captar su atención en las primeras líneas, casi palabras. Que dejamos de ver los vídeos si se enganchan al cargar la pantalla. Conversar con algunos jóvenes americanos, sobre todo en las grandes ciudades, es lo mismo. Cuenta lo que tengas que contar en un minuto, 140 caracteres, lo que dura un SMS. Si no, olvídate. Siempre puedes contestar “I’m fine”.
Encontré en Facebook un link a este Poema de William S. Burroughs en Acción de Gracias de 1968.
Con un poco de ironía, hay que agradecer unos cuantos errores a Estados Unidos:
William S. Burroughs
For John Dillinger
In hope he is still alive
Thanks for the wild turkey and the Passenger Pigeons, destined to be shit out through wholesome American guts
thanks for a Continent to despoil and poison
thanks for Indians to provide a modicum of challenge and danger
thanks for vast herds of bison to kill and skin, leaving the carcass to rot
thanks for bounties on wolves and coyotes
thanks for the AMERICAN DREAM to vulgarize and falsify until the bare lies shine through
thanks for the KKK, for nigger-killing lawmen feeling their notches, for decent church-going women with their mean, pinched, bitter, evil faces
thanks for Kill a Queer for Christ stickers
thanks for laboratory AIDS
thanks for Prohibition and the War Against Drugs
thanks for a country where nobody is allowed to mind his own business
thanks for a nation of finks — yes,
thanks for all the memories all right, lets see your arms you always were a headache and you always were a bore
thanks for the last and greatest betrayal of the last and greatest of human dreams.
Taducción al español en Google:
Gracias por el pavo salvaje y las palomas viajeras, destinado a ser mierda saludables a través de las entrañas de América
Gracias por un continente para despojar y veneno
gracias por los indígenas para proporcionar un mínimo de desafío y el peligro
gracias por grandes manadas de bisontes para matar y la despellejar, abandonando el campo a la pudrirse
Gracias por recompensas por lobos y coyotes
gracias por el sueño americano a vulgarizar y falsificar hasta que brille la mentira desnuda
Gracias por el Ku Klux Klan, por sus hombres de la ley que matan al negro sensación muescas, por las señoras que van a la iglesia con sus rostros apretados, amargos, del mal
gracias por las etiquetas de “Mate a un Gay” en nombre de Cristo
gracias por el SIDA de laboratorio
gracias por la prohibición y la guerra contra las drogas
Gracias por un país donde nadie se le permite ocuparse de sus asuntos
Gracias por una nación de Finks – Sí,
gracias por todos los recuerdos de todos los derechos, permite ver los brazos, siempre fuiste un dolor de cabeza y siempre fuiste un aburrimiento
gracias por la última y mayor traición del último y más grande de los sueños humanos.