Bill Gentile comenzó la clase mostrando su documental “Afganistán: La Guerra Olvidada”. Era hace dos años y Estados Unidos todavía no había dado un giro de Irak hacia el este, centrándose en la guerra que arrancó en 2003. La obra muestra los estragos que pasan los soldados americanos en un territorio donde el desconocimiento del idioma y la cultura puede ser tan tramposo como una mina en la carretera.
Extracto del documental de Bill Gentile en la cadena pública estadounidense PBS.
Cuando terminó el vídeo, un compañero pakistaní que había aterrizado en Nueva York una semana antes del 11 de Septiembre de 2001, levantó la mano para comentar una escena en el que un soldado intentaba enterarse de si Al Qaeda había hecho acto de presencia en un poblado al que intentaban entrar. “Ese intérprete no estaba traduciendo correctamente, no estaba diciendo la verdad, el americano no se enteraba de nada”.
El ejército necesita algo más que la diplomacia de los caramelos con las poblaciones afgana e iraquí.
Al Pentágono le faltan soldados y expertos que hablen los dialectos de Irak y Afganistán. Los soldados ignoran las peculiaridades culturales y étnicas de un país en el que cumplen con rondas de 12 a 18 meses. En la base viven rodeados de videojuegos, McDonalds, iPods y marcas “de casa”. Mientras el gobierno busca cómo reclutar suficiente personal desde Estados Unidos, la dependencia de intérpretes ha empujado más de un contingente a un callejón sin salida. Hay libros enteros dedicados a la falta de preparación de las tropas y sus consecuencias, como éste de la corresponsal para la cadena ABC Martha Raddatz, sobre la emboscada que atrapó al ya icono Casey Sheenan y otros 7 soldados en Sadr City.
A falta de intérpretes y conocimiento sobre la cultura local, el ejército norteamericano confía en la ayuda de antropólogos dentro de Irak y Afganistán. Los expertos sociales les explican las peculiaridades de la cultura, esos detalles que de no conocerse pueden arruinar una negociación, y que tanto necesitan los soldados cuando intentan saber si un poblado cuenta con insurgentes de Al Qaeda o no. Pero, según informa hoy la revista Time, la Asociación Americana de Antropología (AAA) ha levantado la voz con un informe (PDF) para condenar que se utilice el trabajo de los antropólogos en estas dos guerras.
De acuerdo con la publicación norteamericana, no es un proyecto nuevo. La práctica viene desde hace varias décadas. Pero cada vez que un proyecto ha salido a la luz, el Pentágono se ha visto obligado a cancelarlo. El trabajo de los antropólogos consiste en estudiar las poblaciones locales de las que el ejército conoce poco más que su situación en el mapa y facilitar el diálogo con ellas. Pero los responsables de la AAA no tienen claro si la información compartida por los más de 500 especialistas que trabajan con el ejército es utilizada en favor de la paz o de la guerra. Es difícil saber si el ejército la utiliza para colaborar mejor con los civiles o localizar mejor sus objetivos.
Hay antropólogos a los que no gusta perder el control de toda la información que obtienen con su trabajo. Otros prefieren que el ejército no trabaje a ciegas, que es como lleva navegando por Afganistán desde la invasión. La AAA, según Time, no está en contra de ayudar al Pentágono para mejorar el conocimiento de otras culturas e idiomas entre sus filas, pero la línea entre apoyar al ejército para que se defienda mejor y colaborar en un objetivo militar cada vez es más borrosa.




