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El dilema de los antropólogos americanos con Irak y Afganistán

Sunday, December 13th, 2009

Bill Gentile comenzó la clase mostrando su documental “Afganistán: La Guerra Olvidada”. Era hace dos años y Estados Unidos todavía no había dado un giro de Irak hacia el este, centrándose en la guerra que arrancó en 2003. La obra muestra los estragos que pasan los soldados americanos en un territorio donde el desconocimiento del idioma y la cultura puede ser tan tramposo como una mina en la carretera.


Extracto del documental de Bill Gentile en la cadena pública estadounidense PBS.

Cuando terminó el vídeo, un compañero pakistaní que había aterrizado en Nueva York una semana antes del 11 de Septiembre de 2001, levantó la mano para comentar una escena en el que un soldado intentaba enterarse de si Al Qaeda había hecho acto de presencia en un poblado al que intentaban entrar. “Ese intérprete no estaba traduciendo correctamente, no estaba diciendo la verdad, el americano no se enteraba de nada”.

El ejército necesita algo más que la diplomacia de los caramelos con las poblaciones afgana e iraquí.

Al Pentágono le faltan soldados y expertos que hablen los dialectos de Irak y Afganistán. Los soldados ignoran las peculiaridades culturales y étnicas de un país en el que cumplen con rondas de 12 a 18 meses. En la base viven rodeados de videojuegos, McDonalds, iPods y marcas “de casa”. Mientras el gobierno busca cómo reclutar suficiente personal desde Estados Unidos, la dependencia de intérpretes ha empujado más de un contingente a un callejón sin salida. Hay libros enteros dedicados a la falta de preparación de las tropas y sus consecuencias, como éste de la corresponsal para la cadena ABC Martha Raddatz, sobre la emboscada que atrapó al ya icono Casey Sheenan y otros 7 soldados en Sadr City.

El largo camino a casa, de Martha Raddatz

El largo camino a casa, de Martha Raddatz

A falta de intérpretes y conocimiento sobre la cultura local, el ejército norteamericano confía en la ayuda de antropólogos dentro de Irak y Afganistán. Los expertos sociales les explican las peculiaridades de la cultura, esos detalles que de no conocerse pueden arruinar una negociación, y que tanto necesitan los soldados cuando intentan saber si un poblado cuenta con insurgentes de Al Qaeda o no. Pero, según informa hoy la revista Time, la Asociación Americana de Antropología (AAA) ha levantado la voz con un informe (PDF) para condenar que se utilice el trabajo de los antropólogos en estas dos guerras.

De acuerdo con la publicación norteamericana, no es un proyecto nuevo. La práctica viene desde hace varias décadas. Pero cada vez que un proyecto ha salido a la luz, el Pentágono se ha visto obligado a cancelarlo. El trabajo de los antropólogos consiste en estudiar las poblaciones locales de las que el ejército conoce poco más que su situación en el mapa y facilitar el diálogo con ellas. Pero los responsables de la AAA no tienen claro si la información compartida por los más de 500 especialistas que trabajan con el ejército es utilizada en favor de la paz o de la guerra. Es difícil saber si el ejército la utiliza para colaborar mejor con los civiles o localizar mejor sus objetivos.

Hay antropólogos a los que no gusta perder el control de toda la información que obtienen con su trabajo. Otros prefieren que el ejército no trabaje a ciegas, que es como lleva navegando por Afganistán desde la invasión. La AAA, según Time, no está en contra de ayudar al Pentágono para mejorar el conocimiento de otras culturas e idiomas entre sus filas, pero la línea entre apoyar al ejército para que se defienda mejor y colaborar en un objetivo militar cada vez es más borrosa.

Periodismo y Antropología

Friday, November 27th, 2009

Salí rebotada con mi título de Licenciada en Periodismo porque me faltaban dos cosas, una era la experiencia práctica para sentir que te habías licenciado en algo. La otra, el bagaje cultural que me hiciera pensar que puedo abordar la información comprendiéndola con cierta autoridad primero. Dejé atrás tipómetros y experimentos con web-logs rudimentarios, allá por 2004, y me di un paseo hasta la UNED.

Elegí la licenciatura de Antropología Social y Cultural. Mucha lectura y mucha invitación a pensar, cosa que apenas tres profesores consiguieron en cinco años de periodismo. Interrumpida por esta mudanza a Washington, me faltan tres asignaturas para terminar este segundo título. Pero es el trabajo de periodista de estos dos últimos años lo que me devuelve a la Antropología y hace que tenga más sentido que nunca haber escogido esta segunda licenciatura.

Me gusta trabajar desde el extranjero porque tengo la oportunidad de entender (o por lo menos intentarlo) una cultura y explicarla después. Aunque sea a bocanadas de información. Me gusta contar lo que le está pasando al periodismo porque detrás de todo esto hay un cambio social del que no todo el mundo se acuerda.

Maraña de voces que descifrar - By CFPereda

Un cambio introducido por la tecnología, que dicen que acelera el ritmo con el que vivimos y pensamos. Si pensamos más rápido, tiene todavía más sentido que nos cuenten lo que ocurre en el mundo con un mínimo de explicación. Pero mientras nos acostumbramos a contar las cosas de otra forma, a trabajar de distinta manera para acomodarnos a la audiencia, ésta también cambia.
Si nosotros mismos, ciudadanos antes que periodistas, estamos leyendo las noticias en un teléfono móvil, ¿por qué no trabajamos ya para cómo hacer esto mejor?

Si nosotros mismos sabemos que todavía nos gusta tener un papel en las manos, el periódico con el café de la mañana, ¿por qué no trabajamos para que nadie más cambie ese diario por el ordenador?

No estoy hablando de elegir Google o Microsoft. Ni de cómo vender un diario o distribuirlo mejor. Me refiero al negro sobre blanco, a esas fotografías que daban ganas de enmarcar con el texto debajo. A la excusa para comprar el periódico en primer lugar. A lo que quería el lector del periódico, no al revés.

Miro hacia atrás y no deja de sorprenderme el ambiente que se respiraba en San Francisco este mes de Octubre durante la conferencia de la ONA. Sé que tiene mucho que ver con el espíritu de competencia de los americanos, con las ganas de hacer siempre más y mejor. Esa idea de compartir para mejorar y no el recelo típico español de ‘que no se entere el de al lado, que a lo mejor consigue llegar antes que yo’. Allí todo el mundo miraba hacia delante. Y sólo hablaban del lector, la audiencia, de dónde están y cómo llegar hasta él.

El debate es una gran maraña de voces que van más allá de la simple división entre los partidarios de internet y los del papel, los de sistemas de pago y los que quieren ofrecer contenidos gratuitos. A mí me interesa la voz del que lee. Y por qué esta voz cambia según avanza la tecnología. Llevamos décadas escuchando al lector en las cartas al director, al oyente cuando participa en la tertulia de radio, queremos que nos envíen sus fotos de una tormenta por internet, ¿por qué no escuchar también lo que quieren de nosotros?

Muchos se pronuncian estos días a favor del pago en internet. El New York Times no se pronuncia, pero lleva 6 meses preguntando a sus lectores y suscriptores. No, no está haciendo la típica encuesta de ‘pagaría usted o no por leer esta noticia en internet’. Hace preguntas abiertas y escucha, abre foros para que los lectores opinen. Y no, tampoco publica los resultados en ninguna parte. Cuando tome una decisión, muchos lectores podrán estar en desacuerdo, pero no podrán decir que los responsables del diario no preguntaron. Si el New York Times se equivoca, la audiencia se quedará con un ‘ya se lo dije’, pero por lo menos le dieron la oportunidad de opinar.

Ningún modelo es perfecto. Los que tanto han criticado que los periodistas digitales pecan de mucho mirar a la pantalla del ordenador y poco salir a la calle, por favor presten más atención a su alrededor. A los que antes compraban su periódico y ahora no. Los que cambiaron de canal de televisión. Los que escuchan la radio en Internet.

Tomemos una decisión con ellos, no a su pesar.