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Un terremoto oportuno para la imagen de Estados Unidos

Monday, January 25th, 2010

Haití no es Nueva Orleáns después del Huracán Katrina. Haití no pertenece a Estados Unidos. Pero la respuesta norteamericana a las consecuencias del terremoto bien podría equipararse a la que daría el gobierno de Obama ante cualquier catástrofe dentro de su territorio. O la que muchos exigieron a Bush tras el paso del huracán en 2005. Desde la donación inmediata de 100 millones de dólares a las promesas casi diarias de que Estados Unidos no abandonará a Haití una vez terminadas las labores de rescate y emergencia, Obama parece mirar a Haití como un estado más. Y los medios americanos así lo contaron: “Haití, en todos los sentidos, se convirtió en el estado número 51 el martes a las 4.53h de la tarde con el terremoto”, publicaba la revista Time bajo el título El ejército americano en Haití: Una invasión compasiva.

Una semana antes de que la tierra sacudiera Haití, Hillary Clinton comparecía en Washington para hablar sobre USAID, la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos. USAID es una agencia con el orgullo herido, atrapada entre la falta de fondos para ayudas y acusaciones de que las últimas respuestas en el tsunami de 2004 y los terremotos en China en 2008 no fueron suficientes. Una semana antes de la catástrofe, la Secretaria de Estado norteamericana anunciaba reformas en USAID para convertirla en un ejemplo a nivel internacional.

Pero el despliegue de ayuda no se ha visto con los mismos ojos dentro y fuera de Estados Unidos. Para los americanos, empujados por el lenguaje de los medios de comunicación, el ejército y los marines han dejado de imponer su imagen más dura para dedicarse a entregar agua y comida. Aunque vayan armados. En el extranjero, sobran las preguntas sobre por qué hacían falta 10.000 efectivos del ejército, un buque y la guardia costera mientras Haití clamaba por personal sanitario y medicamentos.

Algunos editoriales defendieron que el terremoto en Haití no pone tanto a prueba a Estados Unidos como a Obama. Es la oportunidad de cumplir otra de sus promesas: que no dejarán sólo a ningún país o pueblo necesitado. Y de rebote, la posibilidad de mejorar la imagen de Estados Unidos en el extranjero. Pero Obama respondió igual que Bush durante Katrina. Cuando el estadio de Nueva Orleáns quedaba atestado de desplazados por el huracán a finales de Agosto de 2005 y los servicios de emergencia de Louisiana fallaron, Bush envió al personal de Blackwater, la agencia privada de seguridad que después manchó su nombre en Irak.

El diario Los Ángeles Times ha descrito el despliegue de medios de comunicación en Puerto Príncipe como el mayor desde el tsunami en Asia en 2004. Y parecieron trabajar al unísono. Mientras las televisiones estadounidenses mostraban imágenes de haitianos arañando el cemento para rescatar a familiares, los titulares dictaban la preocupación sobre la seguridad. A ningún locutor le chirriaba ese rótulo hablando del peligro en las calles de Puerto Príncipe, cuando su voz acompañaba escenas de heridos, desplazados, huérfanos y haitianos solidarios con desconocidos bajo los escombros. Las cámaras de la CNN tardaron varios días en encontrar escenas de gente en busca de comida entre los cascotes de los supermercados. Para entonces, la llegada de miles de marines parecía obedecer el dictado de los titulares: “La seguridad se convierte en la preocupación número uno”.

Un artículo de la revista online Slate titulado “Por qué Estados Unidos se centró en la seguridad en vez de ayudar a los haitianos” concluía la semana pasada que cualquier respuesta a esta pregunta es negativa para los americanos. O bien Estados Unidos tiene intereses en el país caribeño que sólo el tiempo va a revelar, “o no importa de qué color sea nuestro presidente. Incluso cuando esté haciendo las cosas bien, el gobierno americano puede ser racista y, aún en una operación civil y puramente burocrática, salvajemente cruel”.

Los rostros de los haitianos pidiendo ayuda han recordado a muchos a las víctimas afroamericanas de Katrina. Los mismos que se quejaron por el lenguaje utilizado en función del color de las víctimas del huracán Katrina -el adjetivo de saqueador siempre acompañaba a los afroamericanos, los blancos eran víctimas-, se preguntan estos días por qué después del tsunami en Asia o el terremoto en China los titulares no nombraron problemas de seguridad.

Las televisiones norteamericanas se dieron prisa por retratar a los marines como guardianes de la ayuda. Para apoyar esta teoría, todos los días llegaban imágenes del mismo rincón comercial de la ciudad. Grupos de haitianos escalando entre los escombros para conseguir cualquier cosa. Comida o una caja de cartón. Algo que pudieran vender. Los reporteros norteamericanos a veces tuvieron suerte y hasta encontraban imágenes de la policía intentando hacerse con el control. La estrella de la CNN Anderson Cooper (en sus peores cifras de audiencia antes de aterrizar en Puerto Príncipe) se topa con un adolescente desorientado. Le acaba de caer una pedrada en la cabeza. La imagen de Cooper llevando al joven ensangrentado hasta otra esquina alimenta el horario de la CNN durante toda la tarde.

En España Francisco Perejil nos contaba que para encontrar escenas como esta, bastaba con ir al mismo cruce de calles donde antes estaba la actividad comercial. En Estados Unidos nadie confesó que repetían localización a diario.

Las imágenes de Haití llegaban con los nombres y apellidos que los norteamericanos nunca ponen a sus víctimas nacionales. Sean soldados o civiles, sus heridas nunca llegan a la pantalla de televisión ni a las páginas de un periódico. Las de los haitianos aparecían después de dos mensajes. Uno, la advertencia de que podían herir la sensibilidad de algunos televidentes. Y dos, que los medios se veían obligados a mostrarlas porque “esa es la realidad ahora mismo”. Si los norteamericanos necesitaban ver el terremoto en directo desde dentro de un orfanato, esos 15 segundos de gritos en la oscuridad, o si de verdad hacía falta poner el micrófono del reportero de la CNN entre los escombros para escuchar a las víctimas pidiendo ayuda, no lo sabemos.

Este fin de semana los defensores del lector del New York Times y Washington Post dedicaron una columna a justificar el uso de estas imágenes. Para el Times, “resultó duro mirar algunas imágenes de sufrimiento y muerte, pero era imposible no publicarlas”. En el Washington Post, sin embargo, reconocen que los lectores esperaban ese tipo de imágenes, “pero no estaban preparados para ver durante días una representación tan gráfica de la muerte”.

Puede que sin esas imágenes no hubieran llegado millones de dólares a través de mensajes de texto. Aunque, seguramente, sin cada uno de esos fotogramas dedicado a una víctima el argumento de que el ejército estaba allí para ayudar no sería sostenible.

Rebecca Solnit, autora del libro “Un Paraíso Construido en el Infierno” sobre Nueva Orléans después de Katrina, estudia la reacción de las autoridades en catástrofes naturales. Según Solnit, desde el terremoto de San Francisco en 1906 las autoridades y las leyes que les amparan están más preocupados por la propiedad que por las vidas humanas. “En casos de emergencia”, escribe Solnit, “la gente puede y de hecho acaba muriendo por esas prioridades. O son disparados por pequeños robos o por robos imaginarios. Los medios no sólo empujan estos resultados sino que casi de forma repetitiva prepara el camino para que se dé esta reacción”.

Con ayuda de los medios o no, Estados Unidos ha conseguido crear una imagen de salvador en Haití. Sólo los marines podían garantizar la entrega de ayuda, por eso la custodiaron en el aeropuerto de la capital durante días, mientras las organizaciones internacionales en el terreno se quedaban sin palabras para explicar que necesitaban la entrada de personal sanitario y medicamentos. Sólo los marines podían garantizar la seguridad de aquellos que entregarían las botellas de agua y raciones de comida. Por eso esperaron los haitianos.

En casa, Obama ha vendido el mejor ejemplo de su prometida diplomacia humanitaria, la de la compasión y el diálogo. La compasión llegó en forma de dólares, buques y soldados. El diálogo aterrizó con Hillary Clinton, quien se sentó junto a René Préval, presidente de Haití. No hubo imágenes de Clinton sobrevolando la zona de la catástrofe en helicóptero. Llegó, escuchó y se marchó.

En el terreno, quedan los marines sin fecha de regreso.

Artículo para Periodismo Humano

La bofetada del hambre tumba el sueño americano

Tuesday, November 17th, 2009

Rachel atiende a los clientes del supermercado con una mano. Con el otro brazo se apoya para no perder el equilibrio. El obrero que vino a por cigarrillos se desespera. “Lo siento pero no tengo tiempo”. Rachel tendría que estar jubilada. Un carro de la compra es su bastón. No pesan los productos que pone en el carro para salvar la distancia de un metro entre la pared y el mostrador. Le pesan sus más de 60 años, las bolsas bajo los ojos y la cojera.

A tres manzanas, otra cajera te ayuda a encontrar los productos de la droguería mientras arrastra una botella de oxígeno. Sin trabajo, no podría pagar por respirar. Sin bombona apenas puede trabajar. Terminas la compra y la calle acaba de dar la bienvenida a otro ciudadano sin techo. Se lava en la plaza con jabones prestados. Se afeita a escondidas en un banco. Se marcha sin dejar rastro.

No es casualidad ni exageración. Son tres escenas que puedes ver en un día cualquiera en Washington, D.C. y a muy pocas manzanas de las paredes impolutas de la Casa Blanca. Son las huellas de la recesión, aplastando contra el suelo las oportunidades de muchos ciudadanos atrapados en el miedo a perder un empleo por enfermedad o la vida por falta de seguro médico; organizaciones para personas sin techo cerrando albergues porque ahogan los recursos y adolescentes que desayunan bolsas de doritos y gominolas porque en su casa nunca entra una botella de leche.

La sociedad norteamericana despierta de su propio sueño a golpe de estadísticas. Ayer un informe (PDF) del Departamento de Agricultura descubría que más del 14 por ciento de la población -una de cada siete familias, uno de cada cuatro niños o 50 millones de personas-, viven sin la seguridad de que mañana tendrán comida que llevarse a la boca. Una bofetada de realismo que se siente en los supermercados. Los clientes llevan más cupones de descuento que billetes de dólar.

Hotel Recesión. San Diego, California.

Hotel Recesión. San Diego, California. CFPereda

Son los mismos ciudadanos que pagaron con sus impuestos el plan de rescate de 600 mil millones de dólares que hace un año aprobó el todavía presidente Bush. Un año después, los americanos siguen igual. O peor.

El desastre en Wall Street marcó el estallido de una crisis que dio la razón a todos los deshauciados, parados o ciudadanos anónimos en bancarrota que avisaban de lo que iba a pasar.

La bofetada del hambre se mezcla ahora con cifras de desempleo que cogieron carrerilla en 2007, deshaucios inflando las tasas de familias enteras sin hogar (32 por ciento más en un año) y presupuestos locales que no pueden cubrir la demanda de bonos de comida (un aumento del 24 por ciento en 12 meses).

Hay efectos visibles y no tan dramáticos como el hecho de que por primera vez no puedas coger un tren en la hora punta del metro. La gente deja el coche en casa. Los que trabajan cerca, te enseñan ahora a esperar bicis igual que coches cuando vas a cruzar la calle. O la consolidación de los huertos caseros en jardines y garajes para ahorrar a final de mes. Ni los restaurantes vacíos los fines de semana o ese escaparate que desapareció sin tiempo de colgar el cartel de “liquidación por cierre”.

Entre las consecuencias más serias, el curso escolar acaba de empezar con menos profesores y menos presupuesto. Hay más estudiantes por clase, pero se terminaron las horas extra para aprender idiomas, los tutores de apoyo de matemáticas, o los cuadernos y bolígrafos gratis para los chavales que llegan con lo puesto. Hay quien ya habla de la “generación crisis”. Cada vez más estudiantes llegan al colegio desde un albergue o centro de acogida: el número de estudiantes sin hogar superaba el millón antes de la crisis. En ciudades como Chicago aumentaron un 28 por ciento entre 2007 y 2008. Las cifras de 2009 sólo se esperan peores. Son chavales a los que el colegio debe dar de desayunar y comer. Los dólares que cuestan estas comidas ya no se pueden gastar en bicicletas, arreglar la canasta del patio o la cena de fin de curso.

Los americanos ya no miran los datos de bolsa. Rascan sus bolsillos como nunca lo hicieron. Por eso las primeras empresas en remontar son las que mejor sirven a los norteamericanos al borde de un ataque de nervios… Triunfan los huertos caseros. Lo próximo es comprar la comida de todo el mes y que te la envíen a casa. Hay centenares de tiendas por todo el país. También están en Internet y te atienden por teléfono para que elijas las recetas. Se trata de comprar a lo grande con un bolsillo pequeño. En sólo un año, el catering de la empresa DreamDinners, con platos precocinados para toda la familia, roza un beneficio de 3 millones de dólares.

La primera vez que ves en televisión un anuncio de una empresa como DreamDinners piensas que son “cosas de los americanos”. Después de contagiar de comida rápida a medio mundo, no tienen problema en pasarse a los platos precocinados. Pero en crisis sabes que son “cosas de la recesión”.

No te comas el mundo

Friday, April 8th, 2005

Por Cristina Fernández Pereda 

Resulta fácil encontrar salmón en cualquier supermercado. Llega hasta nosotros desde Chile, donde lo producen de forma masiva. Allí se produce, en el Sur, y lo consumimos en el Norte. Lo mismo ocurre con la soja de Argentina, las flores colombianas o el azúcar de los países de Latinoamérica.

Estos cuatro productos serán controlados al detalle por los creadores del proyecto “No te comas el Mundo”. Se trata de una propuesta de las ONG’s Veterinarios Sin Fronteras, la Red de Consumo solidario, Acción Ecologista y el Observatorio de la Deuda. Su finalidad es dar a conocer las consecuencias que el consumo de los países del Norte tiene sobre las sociedades y el medio ambiente de los países del Sur.

Para concienciar a los consumidores, esta campaña hará un seguimiento de cuatro casos reales, desde su producción a gran escala en el Sur hasta que llegan a los países del Norte. El seguimiento incluye los lugares de producción, las condiciones de los trabajadores, la influencia de las multinacionales en estos países y las consecuencias de este comercio. Tanto para las personas como para el Medio ambiente.

La producción para grandes mercados implica, en el Sur, la explotación laboral de muchas personas que se ven obligadas a ceder ante las multinacionales. Y no sólo en cuestión de trabajo. Muchos han visto cómo estas empresas se han apropiado de las tierras más fértiles. La primera consecuencia es la migración forzosa: sin tierra que cultivar, pierden su medio de vida. Después viene el empobrecimiento de las poblaciones y la destrucción de los ecosistemas.

La campaña “No te comas el mundo” pretende asociar “las consecuencias sociales y ambientales de estos productos en el Sur con nuestra vida diaria y hábitos de consumo” en el Norte. Así lo afirma Ferrán García, coordinador de este proyecto, quien añade que “estamos adquiriendo una deuda ecológica con estos países”.

El concepto de deuda ecológica hace referencia al intercambio desigual entre Norte y Sur. La deuda consiste en que el modelo de producción que los países del Norte imponen a los del Sur, tiene en éstos últimos consecuencias nefastas para el medio ambiente.

Éste es el caso de Chile. La producción masiva de salmón está provocando la degradación de lagos o áreas costeras y las comunidades de pescadores tradicionales han tenido que desplazarse. Sin embargo, los beneficios por la venta o exportación del salmón no se quedan en Chile. Los trabajadores, los chilenos, apenas llegan a beneficiarse de este negocio.

Una de las propuestas de la campaña “No te comas el Mundo” es que el consumidor sea más crítico con lo que compra. Si los consumidores, en el Norte, exigimos información sobre el origen de los productos y cómo han llegado hasta el mercado, estaremos dando el primer paso hacia la igualdad.

En la actualidad puede que los sistemas de producción o las leyes del mercado sean iguales en el Norte y en el Sur. El crecimiento de los países más avanzados así lo impuesto. Pero los consumidores no somos iguales. Los trabajadores, tampoco. La igualdad también debe comenzar por condiciones de trabajo dignas, seguras, y que no perjudiquen al entorno ambiental.

En condiciones de igualdad ante el mercado, los países del Sur tendrían la oportunidad de comercializar los productos de sus propias empresas. De esta forma no verían cómo las multinacionales se llevan sus recursos hasta el Norte. Dispondrían también de todos esos recursos para su beneficio, tanto si exportan su producción como si no. Pero el destino de esa producción se elegiría en el Sur.

La campaña “No te comas el Mundo” quiere demostrar que el primer paso en esta lucha también es responsabilidad de los consumidores. Quizás cuando termine, dentro de dos años, estemos más cerca del momento en el que las tiendas del Norte no ofrezcan productos que el Sur puede comercializar pero no comprar.

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Del trabajo a la escuela

Tuesday, March 22nd, 2005

Por Cristina Fernández Pereda

Ningún país del mundo puede presumir de que entre su población no haya niños trabajadores.

Más de 240 millones de niños y niñas trabajan todos los días en vez de ir a la escuela. Cargan piedras y arena, manejan explosivos, se arrastran por los túneles de las minas o trabajan dentro del agua. Muchas veces usan herramientas peligrosas, respiran polvo o están en contacto con productos tóxicos. Esta situación les provoca daños que sufrirán durante toda su vida.

Son millones de niños de países que firmaron la Convención sobre los Derechos de la Infancia. Desde 1989, ésta obliga a los gobiernos a proteger a los niños de “la explotación económica y de realizar ningún trabajo que pueda ser peligroso o interferir en la educación del niño, o que sea peligroso para la salud física, mental o espiritual del niño o para su desarrollo social”.

En América Latina, más de 18 millones de niños trabajan en las calles, en minas o en plantaciones. Desde hace 10 años, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) y otras organizaciones internacionales y ONG, luchan juntas para lograr que los niños trabajadores vayan a la escuela. Gracias a su colaboración, han llevado al colegio a 100.000 menores.

Su labor está basada en el Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (IPEC). El IPEC pretende combinar políticas nacionales y proyectos que comprometan a varios países a retirar a los niños del trabajo.

Los primeros logros del Programa han demostrado que se puede alcanzar que los menores vayan a la escuela y no a trabajar mediante la aplicación de una serie de medidas. Es necesario ayudar a las comunidades mineras de estos países a organizarse en cooperativas, adquirir derechos legales, mejorar la seguridad en el trabajo y asegurar ciertos servicios esenciales como la salud, la educación o la higiene en el lugar de trabajo.

Sin embargo, estas organizaciones no pueden suplir el papel que compete a los Estados. Se trata de dar unas pautas a los países en los que está más desarrollado el trabajo infantil. Después deben ser los gobiernos los que, una vez concienciados de que el lugar de los menores está en las escuelas, se aseguren de la defensa de sus derechos y no permitan que regresen a las calles, las plantaciones o las fábricas.

Como afirma Guillermo Dema, coordinador del IPEC para Centroamérica, Panamá y la República Dominicana, “tenemos muy claro que la lucha contra el trabajo infantil es un esfuerzo a largo plazo. Este programa pretende ayudar a los países que tienen este problema, pero debemos tener presente que los que tienen que eliminarlo son las naciones afectadas. Nosotros les ayudamos y damos las herramientas”.

Dentro del trabajo infantil, UNICEF considera necesario distinguir entre dos tipos. El trabajo de niños dentro de familias campesinas o artesanas que, por el grado de pobreza, necesitan de la colaboración de los más pequeños, y la explotación de niños por un empresario o patrón externo a la familia. En este último caso, el niño no tiene oportunidad de compaginar unas horas en el trabajo y otras en la escuela.

Hay una regla que se cumple siempre que hablamos de trabajo infantil: a mayor pobreza, más niños trabajando. Los programas para escolarizar a los menores, como el IPEC, son conscientes de que uno de los primeros pasos debe ser combinar el trabajo con la educación. Detrás de cada niño que trabaja hay una familia que cuenta con su salario. Por pequeño que sea. Concienciar de la importancia de la educación puede ser el primer paso para que aprendan otro oficio y salgan del círculo de la pobreza.

Ningún país del mundo puede presumir de que entre su población no haya niños trabajadores. La mayoría se encuentra en África, Asia y Latinoamérica. Con proyectos como el IPEC el número de niños que deja el trabajo para ir a la escuela sigue creciendo. Cada vez son más los niños en el camino que sale de la pobreza y lleva a la educación. A elegir un futuro distinto.

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Diamantes de la guerra

Friday, February 18th, 2005

Por Cristina Fernández Pereda

Los diamantes se han convertido en un símbolo del amor. Según Amnistía Internacional, a muy pocos consumidores se les puede garantizar que esta piedra preciosa.

Según el informe publicado por la organización, sólo el 37% de las empresas consultadas puede garantizar que sus diamantes han sido obtenidos respetando los derechos humanos. Esto ocurre dos años después de que el sector del diamante se comprometiera a crear una regulación que impida el comercio de gemas en zonas de conflicto.

Angola, Liberia, Sierra Leona o la República Democrática del Congo son ejemplos de países exportadores de diamantes. También están entre los países más pobres del mundo. La riqueza de su suelo se ha convertido en una de las causas de la miseria de su población. Los millones de dólares que produce el comercio ilícito de diamantes caen en manos de las guerrillas. Cambian diamantes por armas y eluden así los embargos impuestos por la comunidad internacional.

Esta fuente de financiación ha ayudado a prolongar muchos conflictos en estos países. La producción de diamantes no ha salvado al 90% de la población angoleña de la pobreza. Allí, un diamante se vende por 20 dólares a una agencia local. Después, la piedra va cambiando de dueño y su valor crece hasta llegar a manos europeas o americanas. En la última fase del proceso, el diamante puede costar 2.000 dólares. Al final, las cifras crecen: en un año Liberia llegó a exportar diamantes por valor de 300 millones de dólares.

El comercio de diamantes exige un círculo de países que compran, venden o intercambian armas a cambio de gemas preciosas. Un informe de la ONU sobre las causas de la guerra en Angola apuntó a comerciantes de diamantes que actuaban en Johannesburgo, Dubái o Amberes. También se señaló a Bulgaria y Ucrania como exportadores de armas a países en conflicto. La venta final se centra en Europa. En Amberes, Bélgica, se comercializan dos tercios de la producción mundial de diamantes.

La venta de diamantes ilegales se ve favorecida por mecanismos de control y legislaciones insuficientes. No hacen saltar las alarmas de los detectores en los aeropuertos y se convierten fácilmente en dinero en efectivo. Son muchas las organizaciones internacionales que han exigido medidas que garanticen la legalidad de los diamantes que llegan a Europa. Que garanticen que han sido obtenidos respetando los derechos humanos.

Las peticiones de las diferentes organizaciones, como la que hace estos días Amnistía Internacional, chocan con otros intereses. La aplicación de leyes más estrictas pondría en peligro un negocio que mueve al año 50.000 millones de dólares. Aunque se sepa que el 10% de esa cifra financie conflictos armados, nadie quiere perder dinero porque se identifiquen los diamantes con la guerra.

Los consumidores de diamantes, por su parte, deben pedir garantías de la legalidad de gemas en el momento de la compra. Estas exigencias pueden ayudar a que se aplique de verdad la legislación internacional al respecto. De ser así, los diamantes serían controlados desde el momento de su extracción hasta que llegan a su destinatario final.

Si se consigue la aplicación de unas normas que garanticen que los diamantes han seguido un camino legal hasta su venta en los comercios, disminuirá el flujo de dinero que mueven al año por todo el mundo. Se podrá terminar así con una fuente de financiación de muchos conflictos. Se habrán terminado los diamantes de la guerra.

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El hombre contra el hombre – Objetivos del milenio (7)

Friday, February 11th, 2005

Por Cristina Fernández Pereda

Garantizar la sostenibilidad ambiental es uno de los Objetivos del Milenio que 189 países se han comprometido a conseguir antes del 2015. Hasta entonces, el acuerdo de estos países consiste en promover medidas de concienciación social y política que mejoren la situación medioambiental.

El problema actual radica en el agotamiento de los recursos naturales. Además, procesos como la creación de suelo o el secuestro de CO2 por parte de los bosques se están debilitando. La Tierra tampoco es capaz de asimilar todos nuestros residuos ni de responder a la destrucción de su biodiversidad.

Según el Índice del Planeta Vivo, elaborado por la Asociación Ecologista World Wide Found, desde 1970 hasta hoy hemos perdido un tercio de la riqueza natural de la que disponíamos. Las principales responsables de esta pérdida son las acciones humanas. Sobre todo las llevadas a cabo en los países industrializados: menos de un 20% de la población consume más del 80% de los recursos.

Los países menos desarrollados son los más vulnerables ante las consecuencias de la crisis medioambiental. Ésta se manifiesta en forma de cambios en los procesos ecológicos, disminución de la productividad agrícola, el desplazamiento de millones de personas que viven en zonas con alto riesgo de catástrofes y el aumento de transmisión de enfermedades como la malaria.

Los cambios que ha introducido el hombre en el medio ambiente están determinados por el crecimiento demográfico y por la utilización de compuestos artificiales. Los procesos de urbanización e industrialización aumentan la presión ejercida sobre las aguas marinas y las zonas costeras. La emisión de gases a la atmósfera destruye la capa de ozono. Como consecuencia, la vida vegetal y animal empeoran y se produce un calentamiento global porque llega más energía a la tierra.

La destrucción de la biodiversidad también conlleva la desaparición de los recursos naturales como son los alimentos, los medicamentos o la energía. Las comunidades que dependen de estos recursos pierden su medio de vida y sus ingresos. Esta consecuencia la sufren unos 1.600 millones de personas en todo el mundo.

Existe una relación recíproca entre la pobreza y la degradación del medio ambiente. De los 1.200 millones de personas que viven con menos de 1 dólar al día, cerca del 70% vive en zonas rurales y depende de los recursos naturales para sobrevivir. La desaparición de los recursos naturales es una de las causas de la pobreza. Lograr una sostenibilidad medioambiental es una de las vías para luchar contra la pobreza, dado que la población más pobre es la que más depende de los bienes que le proporcionan los ecosistemas.

Para evitar que se produzcan todas estas consecuencias y que las sigan sufriendo millones de personas en todo el mundo, el compromiso de estos países tiene tres objetivos: el desarrollo de políticas medioambientales específicas, la integración de esas medidas en los sectores productivos que más dañan el ambiente y, finalmente, la comunidad internacional se compromete a crear marcos de medidas nacionales. Son las llamadas Estrategias Nacionales de Desarrollo Sostenible.

Con ellas se puede alcanzar una meta que se hace esperar: 1.200 millones de personas carecen de agua potable en el mundo. Disponer de agua es una condición imprescindible para la salud y el bienestar de las personas, sin embargo, este problema sólo parece empeorar. En 2025, cuando deben estar cumplidos todos los Objetivos del Milenio, serán más de 3.500 millones las personas que no tengan acceso al agua potable.

Este reto no sólo exige la reducción de las acciones que contribuyen a la destrucción de recursos ambientales o la creación de medidas que impongan el respeto a la naturaleza. Al mismo tiempo, el compromiso debe mejorar las condiciones de vida de millones de personas. Condiciones que han empeorado por el comportamiento de otros seres humanos.

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Un alternativa al Protocolo de Kyoto

Friday, December 17th, 2004

Por Cristina Fernández Pereda

Se acaba de celebrar en Buenos Aires la X Cumbre del Cambio Climático. Delegaciones de 189 países comenzaron las reuniones con el optimismo de que Rusia ratificara el Protocolo de Kyoto y permitiera así su aplicación. Sin embargo, el entusiasmo ha dado paso a las dudas sobre si Kyoto es o no la mejor arma contra el cambio climático.

La comunidad internacional persigue la aplicación del protocolo de Kyoto, que tiene como fecha límite de aplicación el año 2012. Mientras tanto, países como Inglaterra, Australia o Estados Unidos anuncian que no van a cumplir las exigencias del protocolo. No van a adoptar medidas para reducir sus emisiones de dióxido de carbono ni van a invertir en investigaciones para lograrlo.

Expertos en cambio climático reunidos en Buenos Aires han asegurado que la lucha contra los efectos del calentamiento global no tiene por qué comenzar por aplicar un conjunto de medidas que reduzcan la emisión de gases a la atmósfera. Consideran que esta lucha debe empezar por combatir la pobreza.

La falta de recursos convierte a los países en vías de desarrollo en los más indefensos ante las inclemencias del clima. En 1998 el huracán Mitch se llevó a casi 10.000 personas a su paso por Centroamérica. En 2004, otro huracán de igual magnitud azotó una zona residencial de Florida y no hubo más de 20 fallecidos. La riqueza de los países desarrollados reduce los daños de cualquier fenómeno climático.

Los altos costes que supone aplicar las medidas aprobadas en Kyoto hacen que muchos quieran replantearse su aplicación. Las estimaciones más optimistas sitúan los gastos entre 150.000 y 300.000 millones de dólares al año. Los países menos desarrollados han propuesto una alternativa al Protocolo quieren que se invierta en ayudas a los países que son más vulnerables al cambio climático.

Joke Waller, secretaria ejecutiva de la conferencia, señaló que no ha habido avances en materia de adaptación de los países más pobres al cambio climático. Su propuesta consiste en que los países menos desarrollados presenten sus proyectos de adaptación y los industrializados su voluntad de financiarlos. El delegado de Tanzania, en nombre de los 48 países más pobres del mundo, aportó su argumento a favor de estas medidas: “para nosotros el cambio climático es más catastrófico que el terrorismo”.

Los cambios en el clima provocan inundaciones masivas en zonas costeras y en las riberas de los ríos, donde viven muchas personas. Las inundaciones hacen que se reduzcan las áreas de cultivo y se extienda el hambre. Los expertos aseguran también que estos cambios aumentarán el número de personas sin acceso a agua potable, lo que incrementaría el riesgo de enfermedades y reduciría la disponibilidad de alimentos.

Cambio climático, desastres naturales, pobreza y agresiones al medioambiente se unen en una cadena difícil de romper. Las inversiones en países más vulnerables pueden lograr que se reduzcan los efectos de las catástrofes. La ayuda para que estos países se protejan de los daños que provocan muchos países industrializados puede conseguir que, aunque lleguen más inundaciones, no traigan más pobreza. Ni se lleven más vidas.

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Bosques de chocolate para Brasil

Thursday, April 8th, 2004

Por Cristina Fernández Pereda

El chocolate podría salvar los bosques más amenazados de Brasil. Así lo afirma un estudio publicado por World Watch Institute. Sus autores comprobaron que el cacao, el ingrediente más importante del chocolate, podría ser cultivado de forma que restableciera las partes más dañadas del Bosque Atlántico.

El cultivo del cacao es adecuado para el bosque de Brasil por dos razones. La primera de ellas es que en el bosque tropical abundan las especies de gran altura y el cacao crece muy bien a la sombra, la necesita. La segunda razón radica en su potencial de conservación. No es necesario eliminar otras especies ya existentes para cultivar el cacao, de forma que no hay que prescindir de los recursos naturales que aun quedan en estos bosques.

El Bosque Atlántico ocupa la mayor parte de la costa de Brasil y constituye el 13% del territorio nacional. En él se han llegado a encontrar 476 especies distintas de árboles en una sola hectárea. El mayor nivel de diversidad que se puede encontrar en el mundo. Sólo queda el 7% del ecosistema en su estado original.

Brasil produce en la actualidad el 6% de la producción mundial de cacao. En 1983, producía el 24%, por detrás de Costa de Marfil. Cerca del 80% de esa producción se cosecha en la región de Bahía, en la zona norte del Bosque Atlántico. La mayor parte del cacao se cultiva mediante un sistema agrícola conocido como Cabruca: en la superficie del bosque, a la sombra de las especies más altas, se plantan los pequeños árboles de cacao que luego puedan soportar el peso de los frutos. Este sistema se ha utilizado en otros países, pero Brasil tiene el mayor “bosque de chocolate” del mundo.

Pero este tipo de bosque también se está degradando. Las ayudas no son suficientes como para reemplazar los árboles más altos que mueren. En los años noventa, una epidemia en las plantaciones de cacao se sumó a la bajada de los precios en el mercado internacional. Los dueños de las tierras tuvieron que cambiar el cultivo del cacao por otro más rentable. La crisis se saldó con 90.000 personas que perdieron su empleo. Y su medio de vida.

Ahora que los precios se han recuperado y se han encontrado medios para combatir las epidemias, los autores del estudio recomiendan volver a las plantaciones de cacao, al sistema Cabruca, y adaptarlo a las condiciones actuales. Quieren que la recuperación del bosque esté por encima del negocio, de la producción masiva. El cultivo de cacao junto a otras especies supone un ritmo más lento y beneficios a largo plazo. Pero no quieren caer en las pautas que impone el mercado mundial.

El negocio del chocolate genera 60.000 millones de dólares al año. El 80% del mercado lo controlan seis empresas multinacionales. Estos beneficios no contemplan si se agotaron los recursos de las tierras o si se redujeron las posibilidades de empleo en la zona. El ritmo del mercado internacional hace que sea muy difícil poner por delante las necesidades de un ecosistema.

Las aspiraciones sociales del estudio consisten en crear una economía rural más fuerte. El cultivo de cacao generaría empleo en un ámbito local y contribuiría al desarrollo de otras formas de comercio ecológico, como el ecoturismo, además de luchar contra la deforestación. Brasil podría empezar así a orientar el consumo de chocolate hacia la recuperación de su Bosque Atlántico.

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